Discurso por el Bicentenario
Hace 200 años, algunos hombres - de carne y hueso y no de bronce-, algunos hombres como Mariano Moreno, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Martín Miguel de Güemes, José de San Martín, junto a otros como Bolívar, Monteagudo, Artigas, O'Higgins, Morelos… supieron ver la oportunidad que los acontecimientos políticos de esa época daban a los pueblos americanos. Lucharon por la creación de nuevas soberanías nacionales y por la constitución de gobiernos representativos.
Los protagonistas de "nuestras revoluciones", y digo "nuestras" porque el bicentenario no es solo argentino sino latinoamericano, eran intelectuales; nuestra independencia fue sobre todo una revolución intelectual. Había que cambiar el modo de pensamiento de una comunidad gobernada arbritariamente por una monarquía, y avanzar hacia una organización republicana que fuera capaz de reconocer y garantizar los derechos de los pueblos. Aquellos revolucionarios comprendieron que esto seria posible si se lo pensaba desde una perspectiva latinoamericana. País tras país y casi al mismo tiempo, las luchas por la independencia se encendieron desde Argentina hasta México.
Pocos años después de estas revoluciones de 1810 varios países lograron concretar el sueño de los libertadores y declarar su independencia. Nacían nuevos países y con ellos los nuevos emblemas que los identificaban. En Latinoamérica comenzaban a surgir las identidades nacionales. Diseñamos nuestras banderas, escudos y símbolos, compusimos himnos y marchas y todos sin proponérnoslo coincidimos en exaltar la soberanía y jurar defenderla con nuestras vidas.
Sin embargo, como casi siempre pasa, existieron otros hombres…los hombres que impidieron que la soberanía tantas veces cantada y proclamada, al menos en lo económico, nunca llegara a lograrse. Y es que la revolución tuvo su contrarrevolución; y es que la independencia tuvo una hermana siamesa: la deuda externa. Deuda que dificulto nuestro desarrollo e imposibilito la construcción de sociedades justas en América Latina. Aun hoy, y a pesar de los intentos de algunos gobiernos progresistas, Latinoamérica es la región más desigual e injusta del mundo.
Pero afortunadamente, y allí está nuestra esperanza, somos un continente rebelde. Nos venimos revelando contra la injusticia desde la época de la conquista y somos muy creativos a la hora de revelarnos - creamos consignas grafitos, apagones, cacerolazos, piquetes, huelgas y cortes de ruta - a veces protestamos pacíficamente y otras veces violentamente; lo que está claro es que siempre resistimos y nos organizamos contra los atropellos de los poderosos. Casi nunca vamos en contra de las instituciones de la democracia puesto que fuimos aprendiendo cuan trabajoso ha sido y es construirla. Nos hemos rebelado una y otra ves contra los malos gobiernos, contra la corrupción, contra los gobernantes que no representan los anhelos del pueblo.
Lamentablemente en estos años han sido muchas las veces que tuvimos la necesidad de revelarnos. Y es que el poder en demasiadas oportunidades representó los intereses del imperialismo del norte y de sus socios de acá. Gobiernos conservadores, oligárquicos, fraudulentos, dictaduras genocidas, neoliberales. Gobiernos defensores de los intereses de las transnacionales, de los monopolios, de los bancos y del sector financiero. Defensores del saqueo de los recursos naturales, de la represión y la mano dura, de la explotación y la flexibilización laboral. Defensores del subdesarrollo y la dependencia, de la pobreza, de la pobreza y la dependencia, de la pobreza y la indigencia, del hambre y la desnutrición infantil, de la falta de educación y la fuga de cerebros, condescendientes con el narcotráfico. Gobiernos que nos impidieron encontrarnos con nuestras raíces profundas - aquellas que representan vivamente hoy los pueblos originarios de la patria grande.
Decía al principio que aquellos hombres, los de las revoluciones de mayo de 1810, supieron aprovechar la oportunidad y lucharon para lograr la independencia política de las naciones de Latinoamérica. Hoy está en nosotros, como pueblo argentino y junto a los otros pueblos latinoamericanos, hacer del bicentenario una nueva oportunidad.
Si somos capaces de reencontrarnos con la acción y el pensamiento de nuestros caudillos federales, de los radicales Alem e Yrigoyen, de los socialistas Bustos y Palacios, de los anarquistas de la Patagonia Rebelde, de Perón y Evita, de Arturo Jauretche, del Che, de Agustín Tosco, de Rodolfo Walsh y los 30.000 desaparecidos, de las Madres y Abuelas de plaza de mayo, estaremos en condiciones de impedir aquellos proyectos que le sirven solamente a un puñadito de personas, a un a clase social privilegiada, y que terminan destruyendo al conjunto de la sociedad.
El bicentenario debe convertirse en otra revolución intelectual. Nuestros pueblos, nosotros, debemos darnos cuenta que el sistema capitalista es opaco y su naturaleza explotadora y predatoria no se nos presenta claramente, con tanta evidencia. Que hay quienes lo defienden porque son sus grandes beneficiarios y amasan enormes fortunas gracias a las injusticias e inequidades que genera. Que hay "gurúes" financieros, opinólogos, "periodistas especializados", académicos "bienpensantes" que conocen perfectamente bien los costos sociales que en términos de degradación humana y medioambiental impone el sistema capitalista. Pero están muy bien pagados para engañar a la gente y por eso prosiguen incansablemente con su labor.
El bicentenario puede ser la oportunidad para consolidar nuestra idea de democracia, la cual no puede quedar reducida al mero hecho de votar, sino que debe convertirse en el sistema en el que la libertad y la justicia social vayan a la par. Debemos luchar por una democracia que sea capaz de garantizar plenamente los derechos humanos, y esto significa acabar con todas las formas de discriminación, violencia, desigualdad y exclusión, con todo aquello que no respete al ser humano, para poder construir una sociedad donde convivan dignamente aquellos que históricamente fueron negados o ninguneados: los pueblos originarios, los extranjeros, los que tienen otras preferencias sexuales, los que profesan la religión no oficial, etc. Ojala que con el real reconocimiento y defensa de todos a tener derecho, que el otro siempre sea un nosotros.
Debemos pensar un modelo de producción, de acumulación, un modelo de generación de riqueza que, al ser distribuida con justicia nos conduzca a una sociedad verdaderamente justa, y que en el mientras tanto se garantice un modelo de protección y de seguridad social. En este sentido, el campo es importante, pero la industria, la ciencia y la tecnología seguramente serán las que agregarán más valor a nuestra producción. Pero cuidado, debemos impedir que unos pocos sean los que disfruten a costa de las mayorías.
Para esto necesitamos de una educación liberadora. Que desde el jardín de infantes hasta la universidad, la educación sea para todos gratuita y laica, garantizada de modo indelegable por el Estado. El Estado debe ser el responsable de la educación pública y no los organismos internacionales de crédito. Una educación independiente que fortalezca un proyecto de país soberano integrado en Latinoamérica.
El bicentenario será una oportunidad si nos damos cuenta que un sistema basado solo en la búsqueda de ganancias, mas temprano que tarde provoca la desintegración de la vida social, la destrucción del medio ambiente, la decadencia política y una crisis moral.
Debemos estar alegres porque en los últimos años hemos estado dando algunos primeros e importantes pasos. No nos quedemos a mitad del camino y no permitamos que nos hagan retroceder. Todavía estamos a tiempo para profundizar el modelo, pero debemos ponernos en marcha lo antes posible.
¡FELIZ DIA DE LA PATRIA, ARGENTINA!
Prof. Daniel Bonino
Dto. Del C.E.M Nº 7 Lamarque.